hace 1 hora - MUNDO
Me ganó con la palabra. No tenía planeado tomar un bicitaxi, pero su oficio es convencer de que a La Habana hay que verla desde el asiento trasero. Se llama Carlos y es el conductor de una armazón de hierro pintada de un verde que se descascara. En realidad, es el esqueleto delantero de una bicicleta, soldado a una banca para formar un triciclo pesado de tres llantas. Usa sandalias de plástico negro y trae puesto un conjunto de baloncesto azul con rayas rojas en los bordes. Es negro, alto, muy alto. Sus hombros son inmensos, las piernas musculosas y tiene un solo brazo.
Cuando le pregunto cómo lo perdió, cambia de tema rápido. Me responde con un «parece que hoy llueve». Luego, como si le incomodara su propia evasiva, murmura mirando al frente: «Quizá después le digo». En los siguientes kilómetros me contará su vida entera —es testigo de Jehová, tiene dos hijos universitarios, su esposa enfermó, tiene familia repartida por el mundo, le gusta bailar, odia el picante, sueña con tener nietos—, pero a esa parte de su historia no tendré acceso.
Su voz grave funciona como claxon. La usa para gritarle a los malos conductores que se le atraviesan o para advertir a los transeúntes, pero, sobre todo, la usa para saludar. Sus amigos parecen estar en todas partes: afuera de las casas, sobre la acera, frente a los negocios, paseando en moto o vendiendo algo en la calle. A todos les grita: «¡Cómo estás, mi amigo!», «¿cómo va el día?», «¿ya volvió la luz?», «¡termino esta vuelta y me voy a casa!».
Pedalea con una cadencia rítmica, constante, pero el avance se interrumpe cada cuatro cuadras: la cadena se zafa de los dientes de la rueda. El hombre se baja, la coloca de nuevo con la única mano que tiene. Acomoda el metal engrasado, se limpia en el short manchado, y vuelve a subirse. Es un gesto incorporado a su cuerpo, como rascarse la nariz.
En un tramo de la calle Zanja, a la altura del Barrio Chino, la acera se hunde. Hay un charco de agua estancada. La rueda delantera pasa por encima y el agua salpica. No frena. No esquiva. Avanza, y el agua le sube por las pantorrillas.
Durante el trayecto, otros bicitaxistas se le pegan por detrás. Una palma abierta contra el respaldo de la banca, dos o tres pedalazos de impulso. —Gracias hermano, pero ahora tengo viaje —responde, apenas girando el cuello.
Carlos trabaja jornadas enteras. Es imposible saber la distancia que recorre todos los días pero en La Habana de marzo de 2026, casi no hay otra forma de moverse.
Frente al Capitolio de La Habana, frena. Hace una parada para que yo vea el edificio, pero él también lo contempla, asombrado, como si no pasara por ahí todos los días. Gira un poco el cuello.
—Eres mexicana, ¿verdad, wey?
—¿Se nota mucho o qué?
—Es un acento inconfundible.
De pronto, suelta una advertencia: «Y no hablo de política, no, no, no». Pero habla. Sabe que México envió barcos con ayuda humanitaria y que la presidenta Claudia Sheinbaum «negocia duro con Trump y no abandona a Cuba a su suerte, pero no la tiene fácil». Pone el pie en el pedal y arranca de nuevo. Dice que el primer tanquero ruso llegó el 31 de marzo porque ya urge el petróleo en la isla. Que no hay gasolina y la poca que aparece está carísima.
Le menciono que en Estados Unidos el galón ronda los cinco dólares y que eso golpea a Donald Trump. Sigue mirando al frente. —Bueno, ellos ganan mucho —dice—. Ese precio no es nada.
Su plan es reunir cuatro mil dólares para comprar una moto eléctrica china y dejar los pedales. Cuatro mil dólares son setenta y cuatro salarios mínimos cubanos. Mil novecientos viajes en bicitaxi. —La moto eléctrica —dice—, esa es la que me va a sacar de aquí. Aquí no es Cuba. Se refiere a los pedales.
La ciudad está llena de esas motos, operando junto a los reyes de la calle: los triciclos eléctricos azules donde caben seis personas sentadas. A su lado circulan los «almendrones» —esos autos estadounidenses de los años 40— que sobreviven porque les injertaron motores de tractores soviéticos. Queman «petróleo», el nombre coloquial para un diésel industrial que es mucho más fácil de conseguir que la gasolina regular.
Por las avenidas pasan carros eléctricos chinos, pequeños vehículos de carga que cuestan unos cuatro mil dólares y pertenecen a las Mipymes, las empresas privadas legalizadas en 2021. Mientras el Estado se queda sin crudo por el bloqueo que intensificó Trump, la asfixia dictada desde Washington resulta ser quirúrgica. El Secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, promueve licencias de exportación de combustible para poner a este sector en una «posición de privilegio». Su calculo es estrangula al gobierno con una mano, pero con la otra no dejan de enviarle oxígeno a los privados.
La gasolina, en cambio, es un lujo dolarizado que depende de Ticket, una aplicación gestionada por XETID, la Empresa de Tecnologías de la Información para la Defensa. Sigue el modelo digital chino que centraliza distintos servicios, pero Ticket opera como una estricta herramienta de racionamiento. Crea una fila virtual infinita donde el usuario paga una suscripción de cincuenta pesos —a través de pasarelas de pago en línea como EnZona o Transfermóvil— solo para estar en una lista que no avanza. Algunas veces acumula hasta diez mil solicitantes para comprar gasolina; pueden ser meses de espera para un límite estricto de veinte litros. Una tarde conocí a un chofer que iba por el número seis mil de la fila virtual.
Quien consigue el turno tiene veinticuatro horas para llegar a la estación. Si el aviso llega durante un apagón de quince horas y el tiempo expira por falta de internet, el sistema lo expulsa y lo devuelve al final de la lista. La fila no avanza desde que el sistema eléctrico colapsó por completo, algo que el gobierno cubano señala como consecuencia directa de la intervención de Trump, que prohíbe la llegada de petroleros a la isla. A diferencia de otras veces, el colapso tiene un motivo técnico: no hay diésel ni fueloil. El fueloil es un derivado pesado y denso del petróleo. Es el motor del comercio mundial, el líquido que mueve los barcos de carga, un recurso hoy encarecido y en jaque por la guerra en Oriente Medio. En Cuba es el combustible que hace funcionar los motores de generación distribuida. Llevan parados desde enero. Sin ellos, reiniciar la red eléctrica es casi imposible.
Fuera de las pantallas, el mercado se mueve a pie. Hombres y mujeres empujan carritos de mano con bidones amarillentos vacíos y, de vez en cuando, se ve uno lleno.
Un litro cuesta hasta quince dólares. En Facebook se encuentran los anuncios que exigen pagos a números con el prefijo de Alabama mediante Zelle, la plataforma que usan los estadounidenses para transferirse dinero de un banco a otro. La ironía de la transacción es total: «Gasolina disponible en Centro Habana. 15 USD el litro. Pago solo por Zelle. Interesados al privado». El combustible se entrega físicamente en el Caribe, pero los dólares nunca tocan la isla. El dinero solo cambia de cuenta bancaria allá en el Norte.
En una gasolinera de la céntrica avenida Infanta, donde un cartel descolorido prohibía fumar por el riesgo de explosión, un hombre enciende un puro. Lo hace sin temor; los surtidores están secos y los vapores desaparecieron hace meses. Viste un overol azul casi completamente tapizado de manchas de grasa y está sentado en el borde de una bodega que queda a la vuelta de las bombas de combustible, pero que es parte de la misma estación estatal. El hombre me abre la puerta. Adentro está completamente oscuro, excepto por una pequeña lámpara en forma de osito que se carga con USB. A su luz tenue apenas se distinguen llantas apiladas y bidones vacíos. —Ahora esto es mantenimiento de carros —dice. En la pared hay un pizarrón de tiza: revisión de aceite, engrase, alineación. Afuera, cerca de los surtidores muertos, cuatro hombres juegan dominó. Lo que antes era una estación de servicio ahora es un lugar de encuentro con olor a grasa vieja.
La falta de movimiento redibuja la ciudad. El Vedado, el corazón comercial y moderno de La Habana, parece un pueblo fantasma; se puede caminar por el medio de sus grandes avenidas sin mirar a los lados. Las paradas de autobús sufrieron la misma mutación: la gente se reúne ahí para resguardarse del sol de la tarde. «En estos días casi nunca pasa», me dice una señora que platica con dos adolescentes, mientras unos niños usan la banca de cemento como pista para rodar sus cochecitos de plástico. Esa quietud se repite unas cuadras más adelante, en Coppelia. La monumental heladería estatal —construida en los años sesenta como la respuesta de Fidel Castro a las grandes marcas estadounidenses— solía desbordarse cada domingo con inmensas colas de locales y turistas. Hoy parece un parque de diversiones abandonado. No hay gente ni hay helado: «La fábrica cerró por falta de gas amoniaco para la refrigeración», me explica un trabajador que cuida el lugar.
Desde los balcones de las casas coloniales caen cables de varios metros hasta la acera para alimentar las motos. Parecían el puente de salvación frente a los tanques secos, pero un apagón de veintinueve horas reventó el espejismo.
Sin luz, estas máquinas terminan convertidas en simples cacharros, peso muerto amarrado a un balcón a oscuras.
Esa misma parálisis dicta el tiempo dentro del Hospital Salvador Allende, La Covadonga. Es una ciudad sanitaria de pabellones separados donde los médicos caminan a la intemperie para ir de un edificio a otro.
En la unidad de hemodiálisis, ocho pacientes por turno dependen de máquinas que actúan como sus riñones destruidos para filtrar la sangre. El proceso exige bombas eléctricas. Si la red nacional colapsa, la supervivencia queda atada a los generadores. La secuencia es estricta: el diésel mueve los pistones de un motor que hace girar un alternador para producir electricidad. Sin ese líquido, no hay arranque. Y si las bombas se detienen, la sangre, estancada en las líneas de plástico a temperatura ambiente, se coagula en minutos provocando una trombosis fatal o la pérdida del volumen sanguíneo atrapado en el circuito. Edeli, una enfermera de la unidad, lo resume con la voz seca: —«La sangre se les vuelve un coágulo en los tubos y después ya sabrás tú lo que pasa».
Le había pedido a Carlos que me dejara en el Malecón justo cuando estaba oscureciendo.
Frena el bicitaxi junto a la acera, se seca el sudor con el dorso de la mano y me mira. —Son cuarenta dólares.
El viaje empezó con un precio menor y terminó en cuarenta. Le tiendo los billetes —la primera vez que vine a Cuba tenía quince años y todo se pagaba en CUC, la moneda para los turistas; después regresé y ya se usaban los pesos cubanos; ahora todo es en dólares—. Guarda los dos billetes de veinte en el short y pisa el pedal. Se aleja en línea recta por la avenida. No mucho. Hasta que la cadena vuelve a zafarse.
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